“Esto son recetas. Él cocinaba fatal, pero apuntaba todo como si fuera un chef.”
Rosa soltó una carcajada inesperada.
Carmen sonrió entre lágrimas.
“Es verdad”, dijo Rosa. “Hacía una tortilla horrible.”
“Quemaba hasta el pan”, añadió Carmen.
Yo también sonreí.
Y en esa risa pequeña pasó algo inmenso.
Diego dejó de ser una sombra perfecta.
Volvió a ser humano.
Un hombre que amaba, que escribía cartas bonitas y que quemaba el pan.
Un hombre real.
No un fantasma contra el que yo tenía que competir.
Carmen me miró y me tendió el cuaderno.
“Quédese con esto un tiempo.”
Me sorprendí.
“¿Yo?”
“Sí.”
“No sé si debería.”
“Yo creo que sí.”
Acarició la tapa del cuaderno.
“Quizá algún día usted y Rosa puedan cocinar algo de aquí. Aunque salga mal.”
Rosa me miró.
Yo miré el cuaderno.
Y lo acepté con cuidado, como se acepta algo frágil.