“Cuídala. Pero no la encierres conmigo.”
No dije nada durante mucho rato.
Nadie lo hizo.
A veces las palabras sobran porque la verdad ya está en medio de la mesa.
Carmen fue a la cocina por pañuelos.
Rosa se quedó mirando la carta.
Yo le tomé la mano.
Ella apoyó la frente en mi hombro.
“Perdóname”, dijo.
“¿Por qué?”
“Por hacerte sentir fuera.”
Negué despacio.
“No siempre fue culpa tuya.”
Me miró.
“Yo también me quedé fuera muchas veces antes de intentar entrar.”
Rosa lloró más.
Pero esta vez su llanto no parecía hundirla.
Parecía limpiarla.
Cuando Carmen volvió, traía una caja pequeña.
La puso delante de mí.
“Diego tenía muchas cosas”, dijo. “Demasiadas para una casa tan pequeña.”
Abrió la caja.
Dentro había una bufanda oscura, unas llaves antiguas, un reloj parado y un cuaderno.
Carmen cogió el cuaderno.