—Lo que ella quiera.
Yo esperé afuera al principio.
No quería convertirme en otra exigencia para alguien que ya había pasado demasiado tiempo escuchando a otros decidir por ella.
Cuando Melissa permitió que entrara, la reconocí por algo que no estaba preparado para encontrar.
No fue su cara.
Habían pasado 14 años.
Fue la manera en que juntaba el pulgar y el índice cuando estaba nerviosa.
Había una fotografía vieja donde hacía exactamente eso mientras sostenía una aguja.
Me quedé cerca de la puerta.
Ella me miró durante
unos segundos.
—Eras muy chiquito.
Asentí.
—Ahora tengo 18.
Melissa soltó una respiración que parecía mitad risa y mitad incredulidad.
—Claro.
No corrimos a abrazarnos.
Eso habría sido más sencillo para contar, pero no habría sido verdad.
Nos sentamos.
Hablamos de cosas pequeñas porque las grandes todavía eran demasiado pesadas.