Después, había que proteger lo que el niño acababa de decir.
Me incliné hacia él.
—Ahora mismo no te vas con nadie. Te vamos a cuidar aquí.
Sus dedos izquierdos buscaron la sábana.
—¿Daniel sabe que estoy aquí?
—No lo sé.
—No le digan.
Marta alzó la voz.
—¡Soy su madre!
Emiliano volvió la cara hacia la pared.
Y ahí apareció la primera grieta imposible de ignorar.
No dijo “mamá”.
No dijo “mi mamá”.
Dijo:
—Ella no es mi mamá.
Marco dejó escapar el aire lentamente.
Marta intentó acercarse otra vez.
—Esto es absurdo. Emiliano está enfermo. Su madre biológica nos abandonó hace años.
—¿Entonces cuál es su relación legal con él? —pregunté.
—Soy quien lo ha criado.
—Eso no responde la pregunta.
—Soy su familia.
Emiliano murmuró algo.
Me acerqué.
—¿Qué dijiste?
—Mi tía Marta.
La palabra cayó con más peso que cualquier amenaza anterior.