—¿Usted conoció a Lucía? —pregunté.
—No.
—Entonces, ¿por qué asumió que era la niña que murió?
—Porque usted reaccionó cuando él dijo el nombre.
Era posible.
No suficiente.
Pero posible.
Yo no podía convertir una sospecha en un hecho sólo porque encajara con mis recuerdos.
Eso era precisamente lo que había aprendido con Lucía.
Tres años antes me había reprochado no haber insistido lo suficiente.
Ahora debía tener cuidado de no cometer el error contrario: inventar certezas donde sólo había señales.
Emiliano fue llevado a cirugía.
La camilla avanzó por el pasillo.
Marta intentó seguirla.
Seguridad le impidió pasar mientras se aclaraba quién tenía autorización para acompañarlo.
El niño mantuvo la mano de Clara hasta que tuvo que soltarla.
Antes de doblar hacia el área restringida me buscó con la mirada.
—Doctora.