A media mañana apareció su nombre en mi teléfono.
No contesté la primera vez.
Tampoco la segunda.
A la tercera, Andrés me miró desde la puerta de mi despacho.
—¿Quieres que me quede?
Negué con la cabeza.
—No. Esto lo tengo que hacer yo.
Contesté.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó mi madre sin saludar.
—Trabajando.
—No juegues conmigo, Mariana. Verónica me contó una historia absurda sobre Horizonte Patrimonial.
—No es absurda.
—Dice que esa empresa es tuya.
—Sí.
Silencio.
Después escuché una risa corta, incrédula.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que empezara a cubrir tus pagos.
—Eso es imposible.
—No lo es.
—¿Andrés puso el dinero?
Aquella pregunta me dolió de una forma distinta.
Incluso después de saber que la empresa era mía, su primera explicación era que un hombre debía estar detrás.
—No, mamá.
—Entonces alguien te ayudó.