Pero fue la primera vez que mi hermana no intentó corregir mi versión de lo ocurrido.
—No sé qué va a pasar con la casa —dijo.
—Yo tampoco.
—Mamá está intentando reorganizar todo.
—Eso le corresponde a ella.
—Está furiosa contigo.
—Lo sé.
—Y conmigo.
Eso sí era nuevo.
—¿Por qué contigo?
Verónica tardó unos segundos.
—Porque le dije que no pienso pedirte el dinero.
No dije nada.
—No creas que de pronto estoy de tu lado en todo —se apresuró a añadir—. Pero lo de Sofía… estuve mal.
Esperé.
—Debí quitarme de en medio —dijo—. Debí ayudarte a levantarla.
La disculpa no borró el momento.
No convirtió a Verónica en otra persona.
No reparó años de desprecios compartidos.
Pero tampoco la rechacé solo porque llegaba tarde.
—Sí —respondí—. Debiste hacerlo.
—Lo siento.
—Gracias por decirlo.
No hubo reconciliación instantánea.
No la invité a nuestra casa esa tarde.