Ahí estaba la petición.
Una vez más.
La frase que había gobernado casi diez años.
Una mensualidad más.
Una reparación más.
Un atraso más.
Una transferencia más.
Un favor más.
Un rescate más.
—No.
—¿Vas a dejar que el banco decida?
—Voy a dejar que tú te hagas cargo de lo que es tuyo.
Teresa no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, ya no sonaba furiosa.
Sonaba sorprendida.
Como si apenas entonces entendiera que mi negativa no era una amenaza diseñada para obligarla a disculparse.
No estaba negociando.
—¿Y qué quieres a cambio? —preguntó.
—Nada.
—Todo el mundo quiere algo.
—Yo quería que trataras a mi hija con cariño. Eso ya no se compra con nada.
Colgué poco después.
No sentí triunfo.
Sentí cansancio.
Durante los días siguientes hubo mensajes de familiares que no conocían toda la historia.