—Y tú eres su madre. Debiste vigilarla.
Aquella frase terminó de cerrar una puerta que yo llevaba años dejando entreabierta.
No porque fuera la frase más cruel que Teresa me hubiera dicho.
Sino porque confirmaba que, incluso con tiempo para pensarlo, no sentía que hubiera hecho algo que exigiera una disculpa.
—Entonces ya está —dije.
—¿Qué está?
—La respuesta.
—No puedes dejar que perdamos esta casa por un berrinche.
—No la están perdiendo por un berrinche mío.
—¡Tú has estado pagando!
—Exactamente.
Su voz bajó.
—¿Cuánto?
Miré el sobre sobre mi escritorio.
Podía darle una cifra.
Podía recitar años de pagos.
Podía convertir la conversación en una auditoría familiar y obligarla a escuchar cuánto había costado mi silencio.
Pero entendí que hacerlo sería volver a buscar algo que ella no estaba preparada para ofrecer.
Reconocimiento.