Le acerqué el vaso al hocico del peluche.
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—Dice que poquito.
Valeria respiró por la nariz, todavía con los ojos rojos.
Ese momento me confirmó algo que necesitaba recordar: mi hija seguía siendo una niña de seis años.
No era una testigo que yo tuviera que interrogar.
No era la pieza que faltaba para resolver mi matrimonio.
Era mi hija.
Y necesitaba sentirse segura antes que cualquier otra cosa.
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Poco después una enfermera entró para avisarme que Mauricio estaba preguntando por nosotras en recepción.
—Dice que es el padre de la menor —explicó—. Quiere pasar.
Valeria escuchó la palabra padre y escondió la cara contra mi brazo.
La reacción fue suficiente para mí.
—No quiero que entre aquí —respondí.
La enfermera no discutió.
Salió para comunicarlo a quien correspondiera.
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Mauricio volvió a llamar.
Esta vez dejé que el teléfono vibrara hasta apagarse solo.