No había ninguna aplicación registrando su sueño.
Solo una puerta que ella podía abrir o cerrar y una mamá que por fin había entendido la diferencia entre cuidar la paz de una casa y guardar silencio para que otra persona conservara el control.
Antes de salir del cuarto, Valeria me llamó una vez más.
—Mamá.
—¿Sí?
—Cierra la puerta, por favor.
La cerré con suavidad.
Y esta vez la decisión era de ella.