La lámpara no necesitaba demostrarlo todo.
Yo había convertido ese objeto en el centro de mi miedo porque era concreto, porque podía señalarlo con el dedo, porque quería que existiera una prueba capaz de responder todas mis preguntas de una sola vez.
Pero la situación no dependía únicamente de una lámpara.
Había una niña con síntomas que requerían atención.
Había cambios claros en su comportamiento.
Había mensajes de Mauricio enviados antes de conocer oficialmente las preocupaciones del hospital.
Había una frase de amenaza que Valeria había dicho espontáneamente.
Y había, sobre todo, una relación en la que mi hija había empezado a mostrar miedo.
Semanas después supe que el dispositivo tenía funciones que Mauricio nunca me había explicado con claridad y que su cuenta conservaba permisos de acceso que yo no tenía.