—Lo sé.
Gabriel volvió hacia el muchacho.
—Y si decides que no quieres verme, lo voy a respetar.
Adrián miró al hombre que durante toda su vida había imaginado como alguien indiferente.
Ahora tenía delante a una persona que parecía tan engañada como ellos, aunque de una manera diferente.
Eso no borraba la ausencia.
Sólo cambiaba su significado.
—Quiero una prueba —dijo Adrián.
Gabriel asintió.
—La que tú quieras.
—De que eres mi padre.
Isabel abrió la boca.
Gabriel levantó una mano suavemente.
—Está bien.
Adrián mantuvo la mirada.
—Y no quiero que nadie me diga cómo sentirme después.
—Tampoco.
La confirmación llegó días más tarde.
Gabriel era su padre.
Pero ninguna de las cosas difíciles desapareció con ese resultado.
Adrián no comenzó a llamarlo papá.
Isabel no volvió a confiar en él de inmediato.