—¿Qué verdad?
Sus labios temblaron.
—No quiso decírmelo.
La abracé.
—Escúchame bien, princesa. Nada de lo que descubra cambiará que soy tu papá.
Ella sonrió tímidamente.
Pero yo sabía que alguien había estado sembrando miedo en su corazón durante mucho tiempo.
A la mañana siguiente acudí al bufete.
Harrison me recibió acompañado de una mujer de unos cincuenta años.
—Mauricio, ella es la investigadora Laura Méndez.
La mujer colocó una carpeta sobre la mesa.
—Hace seis meses comenzamos a revisar una serie de adopciones gestionadas por una antigua fundación privada.
Reconocí el nombre de la portada.
Fundación Esperanza DeLuca.
Mi madre había presidido aquella organización durante casi veinte años.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué tiene que ver Renata con esa fundación?
Laura abrió la carpeta.
—Su adopción fue tramitada mediante una entidad intermediaria vinculada a ella.