Pero Julian había tomado el cuchillo.
Julian había elegido usarlo.
Ninguno era inocente.
Entonces escuchamos otro sonido.
Un teléfono.
Selina estaba hablando con alguien.
“Ha salido mal.”
Pausa.
“No, sigue respirando.”
Otra pausa.
“¿Qué quieres que haga?”
La respuesta de la otra persona no quedó registrada.
Pero Selina contestó:
“No puedo llevarme los documentos ahora. Hay demasiada sangre.”
Amelia detuvo el audio.
—Nora, esto no era solamente una aventura.
Negué lentamente.
—Querían algo.
Recordé los cargos.
Las sociedades.
Las firmas que yo no reconocía.
—Mi antiguo despacho.
—¿Qué hay allí?
—Una caja de seguridad.
Amelia se puso de pie.
—No vamos nosotras.
Llamó a los detectives.
Aquella misma tarde, dos investigadores tomaron declaración y copiaron la grabación.
Julian no volvió.
Selina tampoco.
Pero a las nueve de la noche, Amelia recibió una llamada.
La vi cambiar de expresión mientras escuchaba.
—¿Están seguros?