Se sentó frente a Joaquín y Pilar.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después sacó una hoja doblada del bolsillo.
—He venido a pediros perdón.
Mi madre lo miró con cautela.
—Te escuchamos, hijo.
Sergio respiró hondo.
—Cuando me quedé sin dinero, tuve miedo de perderlo todo. Me acostumbré a que vosotros me ayudarais y empecé a pensar que tenía derecho a decidir sobre la casa porque algún día sería mía.
Mi padre permaneció en silencio.
—También me molestaba que Álvaro pudiera ayudaros económicamente sin que vosotros tuvierais que depender de mí. Sentía que había perdido mi lugar en la familia.
Me sorprendió aquella confesión.
Sergio siempre había sido orgulloso. Nunca había reconocido que mi presencia le afectara tanto.
—Eso no justifica lo que hiciste —dije.
—Lo sé.
Miró a nuestros padres.
—Os traté como si fuerais una carga. Os hice sentir que teníais que obedecerme en vuestra propia casa. Y preparé unos documentos sin explicaros claramente lo que significaban. No tengo excusa.