—Significa que estamos organizando el futuro de mamá y papá. Alguien tiene que hacerlo.
—¿Organizar su futuro consiste en quitarles su casa?
—¡No les estoy quitando nada! La casa seguirá siendo de la familia.
—¿De qué familia? ¿De la familia que los obliga a servir la comida mientras vosotros os sentáis a esperar?
Mónica dejó la carpeta sobre la mesa con un golpe.
—No tienes derecho a venir aquí después de meses sin aparecer y juzgar cómo vivimos.
Aquella frase me dolió porque contenía una parte de verdad.
Había pasado demasiado tiempo lejos. Me había convencido de que las llamadas y el dinero bastaban para asegurarme de que mis padres estaban bien.
Pero no bastaban.
Aun así, no iba a permitir que utilizaran mi ausencia para justificar lo que estaba viendo.
—Tienes razón en una cosa, Mónica. He venido poco. Eso es responsabilidad mía. Pero no me da menos derecho a preocuparme por ellos, y mucho menos os da derecho a decidir qué hacer con su patrimonio sin su consentimiento.