Miró sus manos, marcadas por décadas de trabajo.
—Quizá pensé que, si guardábamos silencio, todo volvería a ser como antes.
Le apoyé una mano en el hombro.
—Yo también cometí errores. Me fui a Madrid y pensé que, mientras enviara dinero y llamara por teléfono, todo estaba bien.
—Tú tenías tu vida que construir.
—Y vosotros teníais una vida que cuidar. Debí haber preguntado más, visitado más y prestado atención cuando decíais que todo estaba bien.
Joaquín negó lentamente con la cabeza.
—No quiero que conviertas esto en una deuda que tienes que pagar, hijo.
Aquella frase me dejó sin palabras.
Era exactamente lo que Pilar me había dicho durante mi infancia, cuando yo intentaba compensar cada favor, cada regalo y cada gesto de cariño.
Joaquín me apretó la mano.
—Te adoptamos porque queríamos un hijo. No porque necesitáramos que nos salvaras cuando fuéramos viejos.