Mi padre, que había trabajado toda su vida para que sus hijos no pasaran necesidades, estaba esperando para comprar sus propias medicinas mientras el dinero que yo enviaba supuestamente para cuidarlo pasaba por las manos de otra persona.
Miré a Sergio.
—Quiero ver los movimientos de esa cuenta.
—No tienes ningún derecho a exigirlos.
—No he dicho que tenga derecho a acceder a una cuenta que no es mía. He dicho que quiero que nuestros padres puedan comprobar qué ha ocurrido con el dinero que les enviaba para sus gastos.
Sergio no respondió.
Laura me había advertido que no sacara conclusiones precipitadas. El hecho de que el dinero hubiera pasado por una cuenta gestionada por mi hermano no demostraba, por sí solo, que se lo hubiera apropiado.
Pero había motivos suficientes para pedir explicaciones y revisar las operaciones con el consentimiento de mis padres.
Joaquín miró a su hijo.