—¿Cómo os llamáis, pequeños?
Hugo fue el primero en responder.
—Yo soy Hugo. Él es Mateo. Y ellas son Sofía y Lucía.
Mercedes les acarició el cabello con una delicadeza que contrastaba con la dureza de su rostro cuando se volvió hacia su hijo.
—¿Ocho años? ¿Has tenido cuatro nietos durante ocho años y nunca me lo has dicho?
Álvaro no contestó.
Mateo, que hasta entonces había permanecido en silencio, tiró suavemente de la manga de su madre.
—Mamá, ¿por qué ese señor no quiere hablar con nosotros?
La pregunta atravesó el salón.
Elena se agachó y le acomodó el cuello del abrigo.
—No tienes que preocuparte por eso, cariño.
—Pero tiene nuestros ojos —insistió Mateo—. Y la abuela dice que somos de la familia.
Mercedes cerró los ojos un instante.
Aquellos niños no tenían la culpa de nada. No habían elegido nacer en medio de una historia de orgullo, abandono y mentiras.