Las galletas de Lucía siguen siendo suyas, y he guardado el dibujo de Sofía en un marco.
Gracias por darme la oportunidad de conocerlos.
Mercedes».
Elena leyó la carta junto a sus hijos.
—¿Queréis ir? —les preguntó.
Hugo dijo que sí.
Mateo también.
Sofía quería ver el dibujo que había regalado a su abuela.
Lucía solo preguntó si habría galletas.
Elena sonrió.
—Entonces iremos un rato. Y si en algún momento alguno quiere volver a casa, nos iremos.
Cuando llegaron a la finca, no hubo helicópteros ni invitados sorprendidos.
Solo una casa iluminada, una mesa preparada y Mercedes esperando en la puerta.
Álvaro también estaba allí.
No llevaba un anillo.
No esperaba una segunda oportunidad romántica.
Se había acostumbrado a entender que la relación con sus hijos no dependía de una gran escena, sino de cientos de decisiones pequeñas.