A la semana siguiente volvió.
Y a la siguiente también.
Con el tiempo, los niños comenzaron a hacer preguntas.
Álvaro aprendió a responder sin culpar a Elena, sin inventar excusas y sin exigir que lo perdonaran.
Un día, mientras recogían las piezas del juego, Hugo le preguntó:
—¿Por qué no viniste cuando éramos bebés?
Álvaro dejó una pieza sobre la mesa.
—Porque tuve miedo y fui egoísta. Pensé que podía escapar de mis responsabilidades si no las miraba. Me equivoqué y os hice daño.
—¿Y ya no tienes miedo?
Álvaro tardó en responder.
—Sí. Pero ahora sé que tener miedo no me da derecho a desaparecer.
Hugo reflexionó un momento y volvió a guardar las piezas.
No dijo que lo perdonaba.
No hacía falta.
Aquella tarde, por primera vez, fue él quien preguntó:
—¿Vas a venir el sábado que viene?