Era su forma de estar allí.
Parecía cansado, sí.
Pero no derrotado.
Cuando Ricardo terminó de explicar la apuesta, Ernesto inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Veinte mil pesos si alguien se emociona?
—Si alguien derrama una lágrima de verdad.
—De acuerdo.
Ricardo soltó una carcajada.
—Esto va a ser bueno.
Ernesto caminó hacia el piano.
Lo hizo despacio.
Algunas personas comentaban cuánto tardaría en equivocarse.
Otras levantaron sus teléfonos.
Daniela sintió vergüenza ajena.
Ernesto llegó al banco del piano y pasó los dedos sobre la madera.
Sus manos eran grandes.
Tenían manchas de edad, cicatrices y nudillos deformados.
—Cuidado —dijo Ricardo—. El instrumento vale más de lo que imaginas.
Ernesto lo miró.
—Las cosas caras también pueden romperse.
—¿Qué?
—Nada.
Se sentó.
Durante unos segundos observó las teclas.
Ricardo cruzó los brazos.
—¿Ya olvidaste cómo empieza?
Más risas.
Ernesto levantó una mano.