La escena le provocó una emoción extraña.
No era la vida que había imaginado antes del embarazo.
Tampoco era la vida que temió cuando salió del despacho con aquel sobre todavía sobre el escritorio.
Era otra cosa.
Más complicada.
Más lenta.
Pero real.
La repostería abrió semanas después.
Clara colocó en la vitrina varios de los postres que había aprendido a preparar recordando a su madre, junto con otros que había perfeccionado durante los meses en que trabajó desde aquella mesa improvisada.
Doña Ofelia llegó temprano.
Enrique apareció después con el bebé en brazos.
No hubo una ceremonia grande ni discursos sobre segundas oportunidades.
Clara no quería que el día en que finalmente abría el negocio que había soñado durante años terminara convertido en la redención pública de Enrique.
Aquello era suyo.