Después levantó la caja vacía.
—¿Puedo usarla?
Lucía lo miró.
—¿Para qué?
Daniel señaló unas herramientas pequeñas y varios rollos de cuerda que siempre quedaban dispersos debajo del puesto.
—Para guardar esto.
Lucía asintió.
Daniel colocó las herramientas dentro.
También metió el papel doblado donde Adrián había escrito su número semanas atrás.
Adrián lo reconoció.
—Pensé que lo habías tirado.
Daniel cerró la caja.
—Ya te dije que no me gusta que toquen mis cosas.
Adrián soltó una risa breve.
Daniel también.
La caja que durante diecisiete años había guardado pruebas de una familia rota terminó sosteniendo cuerdas, herramientas y objetos usados cada día para mantener en pie aquel pequeño puesto bajo la lona.
No borró lo sucedido.
No convirtió a Adrián en el padre que Daniel había necesitado durante su infancia.