La pregunta era sencilla.
La respuesta no.
Adrián podría haber dicho que eventualmente habría descubierto la verdad.
Podría haber dicho que el destino los había reunido.
Podría haber convertido la casualidad en una historia bonita.
No lo hizo.
—No —respondió—. No sabía dónde estaban ni estaba intentando encontrarlos.
Daniel sostuvo su mirada.
—Entonces todo esto pasó porque se averió un coche.
—Sí.
—Eso es bastante miserable.
Adrián aceptó la frase.
—Sí.
Daniel miró a Lucía.
—Mamá dice que quieres ayudar.
—Quiero hacerlo.
—Con dinero.
—Al principio pensé que eso podía resolver algo.
—¿Y ahora?
Adrián tardó apenas un segundo.
—Ahora sé que sería más fácil para mí darte dinero que hacer lo que realmente me corresponde.
Daniel cruzó los brazos.
—¿Y qué te corresponde?
—Estar disponible aunque tú decidas no llamarme. Escuchar lo que quieras preguntar. No exigir que me perdones. Y no desaparecer otra vez solo porque esto sea incómodo.