Perdí tres veces.
La cuarta sospeché que hacía trampa.
La quinta confirmé que hacía trampa.
—Eso no vale —le dije.
—No dijiste que hubiera reglas.
Emily soltó una risa desde la cocina.
Me quedé mirando hacia ella.
Ese sonido había vivido nueve años en mi memoria, siempre en una casa distinta, en una vida que yo mismo había destruido.
Ahora estaba ahí.
No significaba que pudiera recuperarla.
Sólo significaba que todavía existía.
Antes de irme, le pregunté a Emily si podía regresar al día siguiente.
—Sophie decide por Sophie —respondió—. Yo decido por mí.
Asentí.
—Entonces te lo pregunto a ti.
Me observó durante varios segundos.
—Puedes volver mañana.
Sophie levantó la mano.
—Yo también digo que sí.
—Gracias.
—Pero trae desayuno.
—Sophie.
—¿Qué? Manejó muchas horas.
Sonreí.
—Trato hecho.
Dormí en un motel aquella noche.
Podría haber llamado a mi gente para conseguir algo mejor.