Eso explicaba cómo había llegado a sus manos.
También explicaba por qué nunca lo encontré cuando semanas después decidí que quizá sí debía enviarlo.
Pensé que se había perdido entre basura y recibos viejos.
Evelyn lo guardó.
Según la carta, llamó al lugar indicado en la hoja solamente para preguntar si el programa seguía disponible y qué necesitaba una persona para inscribirse.
No inventó una historia sobre mí.
No me inscribió a escondidas.
No tomó la decisión por mí.
Únicamente pidió la información actualizada.
Debajo de la carta había otro sobre.
Contenía los requisitos, una fecha de inscripción próxima y un recibo.
Evelyn había pagado por adelantado únicamente la cuota inicial que permitiría reservar un lugar si yo decidía presentarme personalmente y completar el trámite.
Si no iba, el lugar se perdería.