Pero esa habría sido otra actuación.
La última.
Guardé la carta, los requisitos y la solicitud dentro de la caja.
Después me levanté y la cargué contra el pecho.
Al salir del despacho vi a la sobrina de Evelyn en el pasillo.
Ella tenía las llaves de la casa en la mano.
Durante los días anteriores apenas me había dirigido la palabra.
Yo esperaba otra mirada de desprecio.
En cambio, observó la caja y me preguntó:
«¿Te la dio?»
Me detuve.
«¿Sabías de esto?»
«Sabía que había preparado algo para ti. No sabía qué.»
Asentí.
Ella apretó las llaves entre los dedos.
Por primera vez entendí que aquella mujer también acababa de perder a Evelyn y que mi presencia probablemente había complicado su duelo desde el principio.
No tenía derecho a exigirle comprensión.
«Voy a sacar mis cosas de la casa», le dije.