Comió dos bocados antes de notar que yo apenas había tocado el café.
—¿Estás triste por mi mamá?
Me senté frente a él.
No podía seguir escondiendo todo.
Tampoco podía descargar diez años de secretos sobre un niño antes de que terminara de desayunar.
—Ayer, la señora del cementerio me entregó algo que escribió tu mamá.
Dejó el tenedor.
—¿Una carta?
Asentí.
—¿Qué dice?
Respiré hondo.
—Dice que tu mamá sí sabía quién era tu papá. Y que él sabía que ella estaba embarazada.
Sus ojos se abrieron.
No habló de inmediato.
Luego hizo la pregunta que yo sabía que vendría.
—Entonces, ¿por qué nunca vino?
—Porque alguien le dijo que tú también habías muerto cuando murió tu mamá.
Se quedó mirando su plato.
—¿Él cree que estoy muerto?
—Lo creyó durante muchos años.
Mi nieto levantó lentamente la mirada.