Heredó una granja endeudada para venderla, pero el secreto bajo el viejo pozo cambió su destino para siempre

—Durante la gran sequía de hace dos años —explicó Salma, señalando la profundidad oscura del brocal—, todos los canales de la región se agrietaron. Los cultivos del valle murieron de sed. Pero esta agua nunca bajó de nivel; alimentó a decenas de familias humildes que no tenían a dónde ir.

Fue entonces cuando pronunció por primera vez el nombre que hacía temblar a los campesinos: Badr al-Gabali.

Badr era el terrateniente más acaudalado y despiadado de la zona. Se presentaba como un benefactor en los momentos de mayor desgracia: cuando el esposo de Salma cayó gravemente enfermo, Badr apareció con fajos de billetes en efectivo, ofreciendo pagar el tratamiento médico a cambio de que firmaran unos documentos de cesión. Fue el tío de Omar quien intervino a tiempo, revisó las cláusulas con ojo analítico y descubrió la trampa: pretendían arrebatarles la titularidad del terreno por una fracción miserable de su valor real.

El chirrido de una carreta interrumpió la charla. Era Hajj Saber, un vecino de 68 años con el rostro curtido por el sol y respetado por toda la comarca. Saber miró a Omar con detenimiento y confirmó las advertencias:

—Badr ha comprado más de la mitad del valle con el mismo truco sucio, muchacho. Primero te presta ayuda; después te quita la tierra.

—¿Por qué tanto empeño en unas cuantas hectáreas desgastadas? —preguntó Omar, incrédulo.

Salma guardó un silencio elocuente. Hajj Saber apoyó su bastón en la tierra y sentenció con gravedad:

—Es por el pozo, Omar. Ese pozo no tiene agua común. Tu tío guardaba un secreto por el que muchos hombres matarían.

Esa noche, incapaz de conciliar el sueño en la pequeña habitación de huéspedes, Omar sacó su libreta de cuentas. La cifra de 186.000 libras le quemaba las manos. Si no pagaba en dos semanas, enfrentaría una pena de cárcel.

Afuera, en el patio bajo la luz de la luna, Salma le sirvió un té con hierbabuena y le contó por fin la historia completa: su difunto tío no era un agricultor improvisado. Treinta años atrás, tras renunciar a una destacada carrera como ingeniero en sistemas de riego en el extranjero, regresó al pueblo natal para salvar la tierra familiar. Tras perforar más allá de las capas freáticas ordinarias, encontró algo extraordinario: un manto mineral sulfuroso único, originado en las filtraciones subterráneas de las montañas traseras.

El agua no solo era pura y medicinal, ideal para tratar afecciones cutáneas y óseas, sino que mantenía un caudal infinito. Badr al-Gabali había contratado geólogos bajo la fachada de una empresa consultora y descubrió la mina de oro: el manto acuífero valía millones para un complejo turístico de lujo o una planta embotelladora internacional. Y lo peor de todo: si Badr cerraba el paso del pozo para su explotación privada, dejaría sin agua a los campesinos, obligándolos a malvenderle todo el valle.

(Continúa leyendo en la siguiente página)

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