Me despedía de mi nieta frente a todo el pueblo cuando, al alisar su vestido dentro del ataúd, apareció una pequeña fotografía que nadie reconocía. “No voy a enterrarla sin saber qué significa esto”, dije y guardé la imagen. Dos días después terminé en el hospital, pero antes de rendirme un investigador encontró a la joven de la foto… y su relación con mi hijo me dejó sin palabras.

—Estamos dentro de la casa.

Los dos rieron.

Minutos después caminaron juntos hacia el cementerio.

La lluvia caía suavemente sobre las calles de tierra.

Cuando llegaron frente a la tumba, Renata colocó las flores junto a la fotografía de Mauricio.

Después dejó una flor blanca frente a la imagen de Daniela.

Se quedó observando ambos rostros.

—Hola, papá —susurró.

Aurelio sintió que el pecho se le apretaba, pero esta vez no era dolor.

Renata acarició con los dedos el nombre grabado en la piedra.

—No sé si habría podido perdonarte de inmediato —dijo—. Tal vez habría gritado. Tal vez te habría dicho muchas cosas horribles.

Guardó silencio.

—Pero me habría gustado que llegaras.

Aurelio cerró los ojos.

Durante nueve años había imaginado a Mauricio atrapado en el último instante de aquel accidente, desesperado porque no había alcanzado a conocer a su hija.

Ahora, por primera vez, sintió que su hijo podía descansar.

Renata se acercó a él.

—Daniela tampoco me conoció.

—No.

—Pero fue ella quien nos encontró.

Aurelio miró la fotografía de la muchacha.

—Sí.

La lluvia comenzó a disminuir.

—Abuelo…

—¿Qué pasa?

Renata apoyó la cabeza en su hombro.

—Gracias por no morirte cuando pensabas hacerlo.

Aurelio se estremeció.

Nunca le había contado con detalle lo que había pensado antes del funeral.

Tal vez Javier se lo había dicho.

O quizá Renata simplemente lo había comprendido.

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