Aurelio respiró.
—Por lo que descubrí, muchísimo.
Dos meses después, Javier consiguió localizar una caja entre antiguas pertenencias de Mauricio que Patricia había abandonado en una bodega.
Dentro había facturas, fotografías y un cuaderno.
En las últimas páginas Mauricio había escrito:
“Hoy descubrí que Lucía tuvo una hija.
Diecisiete llamadas y nadie me da una dirección exacta.
Si esa niña es mía, he perdido ocho años de su vida.
No sé cómo voy a mirarla a los ojos.
Pero voy a encontrarla.
Aunque me odie, tiene derecho a saber que nunca habría elegido abandonarla”.
Renata leyó esas líneas tres veces.
No dijo nada.
Solo pidió quedarse con el cuaderno.
Al cumplir dieciocho años podía abandonar legalmente la casa hogar.
Aurelio le ofreció vivir con él.
—Mi casa es pequeña —le advirtió—. El techo hace ruido cuando llueve, el calentador falla cuando se le da la gana y el internet parece funcionar por caridad divina.
Renata sonrió.
—Gran publicidad.
—También cocino horrible.
—Eso empeora todo.
—Pero hay una habitación para ti.
Renata tardó semanas en decidirlo.
Finalmente aceptó probar durante las vacaciones.
La primera noche apenas durmió.
La segunda preguntó dónde guardaba Aurelio el café.
Al quinto día ya discutía con él porque ponía demasiado azúcar en todo.
Al mes había colocado fotografías en su habitación.
Y cuando regresó a Morelia para iniciar sus estudios, dejó varias cosas en casa del abuelo.
—Para no andar cargándolas cada vez que venga.
Aurelio fingió no emocionarse.
Ese “cada vez que venga” significaba más de lo que Renata imaginaba.
Un año después logró ingresar a la facultad de Medicina.
Decía que quería entender por qué corazones aparentemente jóvenes podían dejar de funcionar de repente.
Aurelio sabía que pensaba en Lucía.
También en Daniela.
Pasaron los meses.
Después los años comenzaron a sentirse menos pesados.
Aurelio seguía visitando el cementerio cada domingo.
En una sola lápida había mandado colocar los nombres de Mauricio y Daniela.
Algunos vecinos le preguntaron por qué había puesto a Daniela junto a su hijo si ya sabía que no era su nieta biológica.
Aurelio respondió siempre lo mismo:
—Porque a los muertos no se les quita el lugar que ganaron en el corazón de los vivos.
Una mañana de julio, mientras llovía sobre el pueblo, escuchó un automóvil detenerse frente a casa.
Renata entró cargando una mochila y un ramo de flores.
—¡Abuelo!
Aurelio salió de la cocina tan rápido que casi tiró una silla.
Aún se estremecía cada vez que la escuchaba llamarlo así.
—¡Renata!
Intentó abrazarla y casi aplastó las flores.
—Cuidado.
—¿Son para mí?
Renata negó con la cabeza.
—Son para mi papá.
Aurelio se quedó inmóvil.
Era la primera vez que la escuchaba llamar “papá” a Mauricio.
Renata desvió la mirada, incómoda.
—No hagas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa de que vas a llorar.
—No estoy llorando.
—Claro que sí.
Aurelio se limpió rápidamente una mejilla.
—Es la lluvia.