Renata comenzó a leer.
Al principio mantenía la expresión dura. Después sus labios comenzaron a temblar.
Cuando terminó, sostuvo el papel contra el pecho.
—¿Dónde está Daniela?
Aurelio cerró los ojos.
—La enterré hace pocos días.
Renata quedó completamente quieta.
—¿Murió?
—Su corazón se detuvo.
La muchacha se sentó.
Durante casi un minuto nadie habló.
Finalmente Renata preguntó:
—¿Ella quería conocerme?
—Sí.
—¿Sin siquiera saber cómo era yo?
—Sí.
Renata miró otra vez la carta.
—Qué tonta.
Pero estaba llorando.
Aurelio entendió que aquella frase no era un insulto. Era la única manera que una adolescente acostumbrada a defenderse tenía de esconder que algo había atravesado todas sus barreras.
—Yo no sé qué espera de mí —dijo ella.
—Nada.
—¿Nada?
—Solo quería encontrarte.
—¿Y después?
Aurelio sonrió con tristeza.
—Después tú decides.
Durante semanas Renata no aceptó salir con él.
Aurelio tampoco presionó.
Regresaba a visitarla cada pocos días.
A veces hablaban diez minutos.
Otras veces una hora.
Algunas tardes Renata ni siquiera quería verlo.
Aurelio se sentaba afuera, dejaba una bolsa de pan dulce o unas mandarinas con la directora y regresaba al pueblo.
Nunca reclamó.
Nunca dijo: “Soy tu abuelo y tienes que quererme”.
Poco a poco, Renata empezó a hacer preguntas.
Cómo era Mauricio.
Qué música escuchaba.
Si tenía miedo a algo.
Si realmente quiso encontrarla.
Aurelio respondía incluso cuando la respuesta no dejaba bien parado a su hijo.
—Era noble, pero impulsivo.
—¿Se equivocaba mucho?
—Más de lo que me gusta admitir.
—¿Amaba a mi mamá?