Me despedía de mi nieta frente a todo el pueblo cuando, al alisar su vestido dentro del ataúd, apareció una pequeña fotografía que nadie reconocía. “No voy a enterrarla sin saber qué significa esto”, dije y guardé la imagen. Dos días después terminé en el hospital, pero antes de rendirme un investigador encontró a la joven de la foto… y su relación con mi hijo me dejó sin palabras.

Y lejos de sentir celos por una hermana que nunca conoció, había querido encontrarla.

—Mi niña… —repetía Aurelio—. Mi niña buena.

Entonces comprendió por qué llevaba la fotografía escondida en el vestido. Probablemente Daniela la había guardado en un pequeño bolsillo interior y nadie lo había notado al preparar su cuerpo.

No había sido magia.

Pero para Aurelio seguía sintiéndose como un mensaje.

La muchacha que acababa de perder le estaba mostrando el camino hacia la otra nieta que su hijo nunca alcanzó a conocer.

—Quiero verla —dijo Aurelio.

Javier intentó convencerlo de esperar.

—Acaba de salir de una crisis cardíaca. Además, Renata ha tenido una vida difícil. Se ha escapado varias veces de la casa hogar. Es desconfiada, impulsiva…

Aurelio lo interrumpió.

—¿Sabes qué es difícil, Javier? Enterrar a un hijo. Y luego enterrar a una nieta. Lo demás se puede enfrentar.

Los médicos querían retenerlo algunos días más, pero al comprobar que sus signos vitales se habían estabilizado aceptaron darle el alta con muchas recomendaciones.

Aquella misma tarde Aurelio tomó un taxi.

Durante todo el trayecto hacia las afueras de Morelia llevaba la fotografía de Mauricio apretada entre las manos.

Pensaba en su hijo recorriendo probablemente la misma ciudad nueve años atrás, desesperado por llegar hasta Lucía y su hija.

—Tú no llegaste, hijo —susurró—. Pero yo voy a llegar por los dos.

La casa hogar era un edificio amplio y viejo, pintado de un tono amarillento desgastado por los años.

Javier ya había hablado con la directora.

Una mujer llamada Carmen Villaseñor recibió a Aurelio en la entrada.

—Renata sabe que alguien quiere hablar con ella, pero no le hemos contado todos los detalles. Preferimos que lo escuche de usted.

Aurelio sintió miedo.

Por primera vez desde que había emprendido aquella búsqueda, miedo de verdad.

¿Qué ocurriría si Renata lo rechazaba?

¿Qué derecho tenía a aparecer después de diecisiete años diciendo “soy tu abuelo”?

Entró en la oficina.

Una joven estaba sentada junto a la ventana.

Cabello corto, jeans gastados, tenis blancos y los brazos cruzados sobre el pecho.

Al escuchar la puerta, giró la cabeza.

Aurelio sintió que las piernas le fallaban.

No necesitaba una prueba.

Aquellos ojos eran los de Mauricio.

El mismo tono claro.

La misma manera de fruncir ligeramente el ceño cuando estaba desconfiado.

Renata se puso de pie.

—¿Quién es usted?

Aurelio intentó responder, pero la voz se le quebró.

—Me llamo Aurelio Mendoza.

Respiró profundamente.

—Creo que soy tu abuelo.

Renata soltó una pequeña risa nerviosa.

—Yo no tengo abuelo.

La frase le atravesó el pecho.

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