Me despedía de mi nieta frente a todo el pueblo cuando, al alisar su vestido dentro del ataúd, apareció una pequeña fotografía que nadie reconocía. “No voy a enterrarla sin saber qué significa esto”, dije y guardé la imagen. Dos días después terminé en el hospital, pero antes de rendirme un investigador encontró a la joven de la foto… y su relación con mi hijo me dejó sin palabras.

Ahora entendía que se había equivocado.

La segunda vela no anunciaba su final.

Era la pequeña luz que todavía necesitaba para encontrar el camino hacia Renata.

Porque algunas personas llegan tarde a nuestra vida.

Algunas verdades tardan años en aparecer.

Y algunas familias se rompen de una manera tan dolorosa que parece imposible reconstruirlas.

Pero mientras alguien esté dispuesto a buscar, pedir perdón y quedarse, incluso después de haber perdido demasiado, todavía puede comenzar un nuevo día.

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