—Yo también doy gracias —respondió.
—¿Por qué?
—Porque creí que después de enterrar a Daniela mi historia había terminado.
Le tomó la mano.
—Y resultó que ella misma me dejó el comienzo de otra.
En ese momento dejó de llover.
Entre las nubes apareció un rayo de sol que iluminó las flores mojadas.
Renata levantó la mirada.
—Seguro vas a decir que eso fue mi papá.
Aurelio sonrió.
—No. Si eres médica, vas a decirme que solo es un fenómeno meteorológico.
Renata soltó una carcajada.
Después volvió a mirar la tumba.
—Está bien. Por esta vez podemos decir que fue él.
Aurelio rodeó sus hombros con un brazo.
Ya no quería morir.
Todavía había cumpleaños que celebrar, graduaciones que esperar, discusiones absurdas que tener y domingos en los que Renata aparecería sin avisar diciendo que tenía hambre.
Había aprendido demasiado tarde algo que deseaba haber comprendido toda su vida:
la sangre puede decir de dónde venimos, pero no decide por sí sola quién pertenece a nuestra familia.
Daniela no llevaba una sola gota de su sangre y, aun así, siempre sería su nieta.
Renata llevaba la sangre de Mauricio, pero tuvo que aprender lentamente a confiar en un abuelo que llegó diecisiete años tarde.
Una había sido elegida por amor.
La otra había sido recuperada después de años de mentiras.
Y las dos terminaron salvando a un hombre que ya se había despedido de la vida.
Antes de marcharse, Renata colocó su mano sobre la fotografía de Daniela.
—Gracias, hermana.
Aurelio no pudo contener las lágrimas.
Caminaron de regreso tomados del brazo.
A mitad del camino Renata lo miró y dijo:
—Vamos despacio, abuelo. Todavía necesito que vivas muchos años.
Aurelio sonrió.
—Haré lo posible.
—No. Nada de “lo posible”. Promételo.
—Eso no puedo prometerlo.
—Entonces prométeme otra cosa.
—¿Qué?
Renata apretó su brazo contra el suyo.
—Que mientras estés aquí, no volverás a pensar que estás solo.
Aurelio la miró durante unos segundos.
Después besó su frente.
—Eso sí te lo prometo.
Y siguieron caminando mientras detrás de ellos el cementerio quedaba bañado por el sol.
Aurelio había entrado semanas atrás a una iglesia sosteniendo dos veladoras para los muertos.
Una era para Daniela.
La otra era para él mismo.