Valeria sintió un escalofrío.
—¿Tres años?
—Sí —respondió Teresa—. La encontró en un parque. Adriana estaba cuidándola y, según ella, peleó con Esteban hasta recuperar a Camila. Por eso don Rodrigo le tiene tanta confianza.
Adriana.
La prometida de Rodrigo.
La mujer con la que él se casaría en otoño.
Cuando regresó de un viaje y entró en la casa, Valeria la reconoció al instante.
Era la misma mujer que había aparecido aquel día en el parque después de que Valeria rescatara a Camila.
La misma que había dicho: “Es un familiar, no llamen a la policía. Nosotros nos encargamos”.
Adriana también la reconoció.
No dijo nada.
Pero desde esa mañana comenzó a convertirle el trabajo en un infierno.
Le hacía repetir habitaciones ya limpias, inventaba errores, la humillaba frente al personal y trataba de convencer a Rodrigo de despedirla.
—No entiendo qué tiene contra ti —decía Teresa.
Valeria sí lo entendía.
Adriana había permitido que Rodrigo creyera durante años que ella había salvado a Camila.
Y Valeria era la única adulta que podía desmentirla.
Aun así, decidió callar. Necesitaba el empleo y no quería entrar en una guerra. Además, pensaba que lo importante era que Camila estaba viva.
Hasta que una mañana Rodrigo abrió el pequeño compartimento de seguridad de su despacho.
Faltaba una fuerte cantidad de efectivo.
Y también un anillo antiguo que había pertenecido a su abuela y que algún día sería de Camila.
Adriana reunió a todo el personal en la sala.
—Quien lo haya tomado puede devolverlo ahora y evitamos llamar a la policía.
Nadie habló.
Entonces ella giró lentamente hacia Valeria.