Mi mamá estaba sentada frente a mí en la mesa de nuestra nueva cocina. Mateo desayunaba cereal sin entender por qué mi teléfono no dejaba de vibrar.
—No es tu departamento, Beatriz.
Hubo unos segundos de silencio.
—¡Es la casa de mi hijo!
—Era el departamento de Mauricio y mío. Y sí, lo vendimos legalmente.
Escuché a Karla gritando detrás de ella.
—¡Dile que no entregue nada!
Beatriz respiraba con dificultad.
—¿Cómo pudieron hacer esto sin consultarme?
Aquella pregunta terminó de convencerme de hasta qué punto había confundido nuestra paciencia con propiedad.
—Durante un año te dimos techo, atención y ayuda. Nunca te cobramos renta. Mauricio pagó médicos, medicamentos y todo lo que necesitaste. Y aun así decidiste que podías cerrar con candado la comida frente a mi madre y dejarla sin electricidad porque, según tú, era una extraña.
—¡No cambies el tema!
—El tema es exactamente ese. Tú misma nos dijiste que nos fuéramos. Nos fuimos.
—¿Y ahora qué hago yo?
Su voz cambió.
Por primera vez escuché miedo.
No disfruté escuchándolo.
Por eso le expliqué que Mauricio ya había rentado un departamento pequeño para ella cerca de nuestra nueva casa. Habíamos pagado seis meses por adelantado. Había elevador, mercado y una clínica a pocas cuadras.
Mauricio seguiría ayudándola con medicamentos y gastos básicos.
Pero habría una condición.
—Ya no vas a decidir sobre nuestra casa, nuestro dinero ni mi familia.
Beatriz no respondió.
—Recoge tus cosas —continué—. Vamos para allá. Nadie te va a dejar en la calle.
Colgué.
Cuando llegamos al edificio, los compradores ya estaban esperando con la agente inmobiliaria.
Beatriz permanecía frente a la entrada acompañada por Ricardo y Karla.
Apenas vio a Mauricio, levantó las manos.
—¿Cómo pudiste hacerle esto a tu madre?
Mauricio llevaba una carpeta.
—Mamá, no te estamos abandonando.
Sacó el contrato de arrendamiento y se lo entregó.
—Tienes seis meses pagados. Después seguiremos ayudándote mientras organizamos tus gastos.
Por un instante, Beatriz pareció sorprendida.
Incluso sus ojos se llenaron de lágrimas.
Creo que si hubiera estado sola habría aceptado.
Pero Karla se acercó inmediatamente.
—No firme nada, señora. Si ellos tienen dinero para comprar otro departamento, pudieron dejarle éste. A usted le corresponde una parte de la venta.
Ricardo apoyó a su esposa.
—Claro. Yo también soy tu hermano, Mauricio. ¿Todo te lo vas a quedar tú?
Mauricio lo miró fijamente.
—¿Todo?
Luego señaló el edificio.
—Cuando Daniela y yo no teníamos para completar el enganche, ¿cuánto pusiste tú?
Ricardo calló.