Eso fue lo que más la sorprendió.
Durante semanas había fantaseado con el día en que Beatriz perdería lujos, amigos y control. Pero cuando ocurrió, no sintió triunfo. Sintió distancia.
Ya no quería destruir a nadie.
Quería que dejaran de destruirla a ella.
Casi un año después, Daniela estaba sentada en la terraza de un hotel frente al mar en Puerto Escondido. Su empresa acababa de cerrar uno de los contratos más importantes de su carrera. Sus padres desayunaban unos metros más allá.
El teléfono vibró.
Era un mensaje de un número desconocido.
Una fotografía tomada desde lejos mostraba a Mauricio manejando un coche de aplicación. Se veía envejecido, con el cabello descuidado y la mirada cansada.
Debajo había una sola frase:
“Mira cómo terminó.”
Daniela observó la imagen unos segundos y la borró.
Su madre se acercó.
—¿Todo bien?
Daniela sonrió.
—Sí. Todo bien.