Por primera vez desde que lo conocía, Octavio se quedó sin una frase preparada.
—¿Qué quiere?
Miré a Diego.
—Yo no quiero una disculpa para mí.
Octavio apretó los labios y se volvió hacia su yerno.
—Diego… cometí un error.
—¿Cuál?
—Tomé decisiones bajo presión. La empresa está pasando por una etapa difícil…
—No le pregunté por la empresa. Le pregunté cuál fue su error.
Octavio tragó saliva.
—Haberte despedido de esa forma. Y… lo de Mateo tampoco estuvo bien.
Diego se levantó despacio.
—Mi hijo estaba a medio metro cuando usted aventó nuestras maletas. Tiene seis años. Me preguntó si éramos pobres porque usted le hizo creer que no tener dinero era motivo para sentir vergüenza.
Octavio bajó los ojos.
—Lo siento.
—Yo necesitaba escuchar eso ayer. Hoy ya no lo necesito para seguir adelante.
No hubo aplausos. Y me alegró. Aquello no era un espectáculo.
Octavio regresó a su mesa con los hombros vencidos.
Entonces se acercó Mariana.
Su vestido verde y su maquillaje impecable no podían ocultar que había llorado.
—Diego, por favor. Solo quiero que me escuches.
Él miró el anillo junto al vaso.
—Habla.
Mariana contó que su padre llevaba meses diciendo que AgroSalgado estaba al borde del colapso. Repetía que necesitaban un inversionista con relaciones políticas y bancarias y que Mauricio Cárdenas podía abrir esas puertas. Según ella, las cenas y la cercanía con él eran parte de una estrategia para salvar a la familia.
—Yo no quería perderte —dijo—. Pero mi papá decía que tú nunca podrías ayudarnos. Que eras buen trabajador, nada más.
—¿Y por eso cambiaste la cerradura?
Mariana no respondió.
—¿Por eso dejaste que humillara a Mateo?
—Yo estaba asustada.
—Yo también. Y aun así tomé a mi hijo de la mano.
Mariana empezó a llorar.
—No sabía qué hacer.
—Sí sabías. Elegiste.
La palabra dolió más porque Diego no levantó la voz.
—No te engañé con Mauricio —dijo ella—. Te lo juro.
—Tal vez no. Pero me abandonaste antes de saber si yo podía caer o levantarme. Y dejaste que nuestro hijo creyera que sobraba.
Tomó el anillo y se lo puso en la palma.
—Guárdalo. Yo ya entendí qué se rompió.