En ese instante, el maestro de ceremonias tomó el micrófono.
—Esta noche queremos agradecer especialmente al grupo que acaba de asumir una posición estratégica sobre la deuda de AgroSalgado…
Octavio levantó la cabeza.
Yo también.
Y cuando pronunciaron mi nombre, la copa se le resbaló de la mano.
PARTE 3
El salón entero pareció quedarse sin aire.
—…Grupo Cooperativo Ramírez, encabezado por don Ernesto Ramírez.
Hubo aplausos. Yo no me levanté. Solo miré a Diego.
Mi hijo estaba pálido.
—¿Todo eso es tuyo?
—No todo. Y ésa es la primera lección: nada importante se construye solo.
Después de quedarme viudo, yo seguí viviendo en el mismo rancho, reparando maquinaria y levantándome antes de amanecer. Lo que Diego ignoraba era que aquel taller había sido apenas el principio.
En 1998, cinco productores formamos una cooperativa para comprar maquinaria, almacenar granos y negociar mejores precios. Con los años llegaron patios de maniobra, terrenos, inversiones en transporte, una participación en una cantera y un fondo de financiamiento agrícola. Yo nunca fui “dueño de medio Bajío”. Era simplemente uno de los socios que aparecía cuando había que poner dinero, firmar una garantía o resolver un problema difícil.
AgroSalgado había crecido usando varias de esas estructuras.
Los terrenos bajo sus silos principales pertenecían a la cooperativa. Parte de sus rutas se sostenían con contratos financiados por nuestro fondo. Y la expansión que Octavio presumía como prueba de su genio empresarial había sido posible gracias a créditos donde nuestro grupo tenía participación.
—¿Por qué nunca me dijiste? —preguntó Diego.
—Porque no quería que entraras a una empresa diciendo “soy hijo de Ernesto Ramírez”. Quería que entraras diciendo “sé hacer el trabajo”.
—Pero me humillaron.
Asentí.
—Y eso me duele. Yo quería darte carácter, no dejarte solo. Me equivoqué al pensar que ocultarte todo te protegía del privilegio.
Diego volvió a mirar a Octavio.
Su suegro ya venía hacia nosotros.
—¿Qué significa esto? —preguntó frente a nuestra mesa.
—Exactamente lo que escuchó.
—No juegue conmigo, Ramírez.
—No estoy jugando. Esta mañana nuestro fondo adquirió formalmente la posición de sus tres acreedores. Su empresa incumplió cláusulas financieras y tiene obligaciones inmediatas. Ahora somos su principal acreedor.
Octavio miró a Diego buscando al empleado asustado del día anterior.
No lo encontró.
—Esto es una venganza.
—No. Venganza sería hacerle lo que usted le hizo a mi nieto: cerrar una puerta y aventar sus cosas. Esto es una reestructura de deuda.
Puse una carpeta sobre la mesa.
—Aquí están los documentos.
Octavio no la tocó.
—Usted no tiene capacidad para comprar esa deuda.
—Eso pensó de mi apellido. También se equivocó.
Saqué varias hojas más. Durante la revisión financiera, nuestros auditores habían detectado pagos recurrentes a tres proveedores sin capacidad operativa real: consultorías duplicadas, mantenimientos dudosos y obras difíciles de comprobar. Parte del dinero terminaba en cuentas vinculadas a personas cercanas a Octavio.
—La documentación está con nuestros abogados y con el área de cumplimiento. Si hay una explicación legítima, tendrá oportunidad de darla. Si no, responderá donde corresponda.