—Sigue.
—Cuando supo que podía administrar el fondo que tus abuelos habían dejado para ti, comenzó a retirar dinero. Después quiso justificarlo con gastos tuyos. Yo preparé parte de esos papeles.
—¿Sabiendo que eran falsos?
Joaquín asintió.
—Sí.
Aquella respuesta me dolió más de lo que esperaba.
—¿Y por qué me abandonaron?
Se cubrió la cara.
—Porque después de utilizar el dinero, Ernesto dijo que ya no podía seguir manteniéndote. Mónica insistía en que te fueras con Inés. Tu padre quería sacarte de la casa, pero no quería hablar con tu tía porque sabía que ella le preguntaría por el dinero.
—Entonces decidieron dejarme en una carretera.
—Yo pensé que solo te asustaría para obligarte a irte con ella. Cuando sacó la gasolina comprendí que estaba fuera de control. Pero tuve miedo de enfrentarlo.
Lo observé en silencio.
Durante dieciocho años había imaginado que algún día encontraría una explicación capaz de aliviar aquel recuerdo.
Ahora sabía que no existía.
No había cometido ningún error.
No había sido un hijo rebelde.
Era un niño al que habían convertido en un obstáculo después de aprovecharse de lo que le pertenecía.
—Necesito que estés dispuesto a contar eso ante quien corresponda —le dije.
Joaquín asintió.
—Lo haré. Ya no quiero seguir encubriéndolo.
Las semanas siguientes fueron difíciles.
Paulina comenzó a reunir la documentación necesaria para estudiar una reclamación patrimonial. Nos advirtió que los plazos legales y la antigüedad de los movimientos podían complicar el asunto.
Mientras tanto, la construcción junto al lago permanecía detenida.
Los proveedores exigían pagos.
Algunos familiares comenzaron a recibir llamadas de Mónica, quien decía que yo estaba intentando destruir a mi padre por venganza.
Entonces Valeria hizo algo que jamás esperaba.