Mi tío se quitó la gorra.
—Samuel, han pasado muchos años.
—Para ti. Yo todavía recuerdo cómo ardían las fotografías de mi madre.
Se le humedecieron los ojos.
—No pensé que fuera a dejarte allí de verdad.
—Pero viste que lo hizo.
Joaquín comenzó a llorar.
—Tu padre dijo que Inés terminaría haciéndose cargo de ti. Que era lo mejor para todos.
Lo miré con incredulidad.
—¿Lo mejor para todos o lo mejor para él?
No respondió.
Antes de marcharme, le dije:
—Cuando estés dispuesto a contar toda la verdad, sabes dónde encontrarme.
Una semana después, las autoridades municipales ordenaron suspender los trabajos al detectar irregularidades en las autorizaciones correspondientes.
Ernesto intentó discutir con los funcionarios.
Cuando llegué al terreno, estaba gritando frente a varios trabajadores.
—¡He construido casas durante treinta años! ¡Nadie va a decirme lo que puedo hacer!
Un funcionario le explicó que debía detener la obra mientras se resolvía la situación administrativa.
Mi padre me vio y caminó hacia mí con el rostro rojo.
—¡Mira lo que provocaste!
No retrocedí.
—Yo no te pedí que construyeras en mi terreno.
—¡Soy tu padre!
—Eso no te convierte en propietario.
Por un momento levantó la mano como si quisiera señalarme o intimidarme, igual que cuando yo era niño.