Mi padre seguía trabajando como si nada hubiera ocurrido.
Había contratado músicos, servicio de banquetes y decoradores. Incluso había mandado instalar una enorme estructura de madera junto al lago.
Una tarde me llegó un mensaje de Mónica.
«Samuel, si tienes tantita vergüenza, dejarás de molestar. Tu hermana no tiene la culpa de tus problemas con Ernesto. No arruines su boda por rencor».
Lo leí tres veces.
Durante mi infancia aquella mujer me había hecho sentir culpable por pedir comida, ropa o útiles escolares.
Ahora pretendía hacerme sentir culpable por proteger algo que legalmente me pertenecía.
Le respondí una sola frase:
«La felicidad de Valeria no depende de que ustedes puedan quedarse con lo ajeno».
Después bloqueé su número.
Dos días más tarde fui al terreno acompañado de Paulina.
Sentí un dolor extraño cuando reconocí el viejo árbol bajo el cual mi mamá solía sentarse conmigo.
Donde antes había pasto, ahora había cemento.
Varias camionetas estaban estacionadas cerca de la entrada.
Los trabajadores levantaban columnas de madera mientras un supervisor daba órdenes.
Era mi tío Joaquín.
Cuando me vio, se quedó inmóvil.
—Samuel… No sabía que vendrías.
—Es mi propiedad. No necesito avisarte.
Miró a Paulina y después bajó la vista.
—Tu papá dijo que todo estaba arreglado.
—También dijo que yo había escapado de casa cuando tenía trece años.
Su rostro perdió el color.
—No quiero problemas contigo.
—Entonces dime la verdad. ¿Qué firmaste aquel día?
Joaquín miró alrededor para comprobar que nadie escuchaba.
—Tu padre me pidió que preparara unos documentos para justificar ciertos movimientos de dinero.
—¿Gastos de mi educación?
Asintió.
—Había facturas, recibos y una relación de pagos.
—Pero yo nunca recibí nada de eso.
No contestó.
—¿Sabías que estaba usando mi dinero para comprar una casa?