Y a la tía que me enseñó que todavía valía la pena vivirla.
Mi padre creyó que podía dejarme sin nada.
Se equivocó.
Porque el dinero que me robó pudo ayudarlo a comprar una casa, pero nunca consiguió comprarle la tranquilidad de saber que había sido un buen padre.
Yo, en cambio, construí mi hogar con mis propias manos.
Y entendí que una familia no se define solamente por compartir un apellido, sino por las personas que se quedan cuando más las necesitas.
Ahora quiero preguntarte algo: si tu propio padre te abandonara siendo un niño, utilizara el dinero que te dejó tu madre y regresara dieciocho años después solamente para exigirte que sacrificaras tu patrimonio por su nueva familia, ¿podrías perdonarlo o cerrarías esa puerta para siempre?