Meses después regresé al terreno del lago.
Los trabajadores habían terminado de retirar los restos de la construcción. Con ayuda de mi equipo, fabriqué una banca de madera y la instalé bajo el árbol donde mi madre solía sentarse conmigo.
Mi tía Inés me acompañó.
Llevaba una pequeña caja envuelta en papel.
—Esto es para ti —dijo.
La abrí.
Dentro había una fotografía de mi mamá abrazándome cuando yo tenía seis años.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Pensé que había perdido todas sus fotografías.
—Tu mamá siempre me regalaba copias. Esta la guardé porque los dos estaban muy felices.
Me quedé observándola durante largo rato.
En la imagen, Claudia tenía el cabello recogido y una sonrisa enorme.
Yo estaba sentado sobre sus piernas, sosteniendo un pequeño carrito de madera.
Recordé que había sido ella quien me enseñó a querer los objetos construidos con nuestras propias manos.
Quizá por eso terminé dedicándome a la carpintería.
—¿Sabes qué es lo que más me duele, tía? —pregunté.
—Dime, hijo.
—Que durante muchos años pensé que yo había hecho algo malo. Que si hubiera sido más obediente, más inteligente o mejor hijo, tal vez mi papá me habría querido.
Inés me tomó de la mano.
—Eras un niño, Samuel. El amor de un padre no debería depender de que su hijo se gane el derecho a recibirlo.
Me quedé mirando el lago.
Por primera vez comprendí que no necesitaba seguir intentando convertirme en alguien digno del cariño de Ernesto.
Ya era digno de amor cuando tenía trece años.
Lo era cuando estaba solo en aquella carretera.
Y seguía siéndolo ahora.
Mi padre me había quitado el dinero, los recuerdos y el hogar donde nací.
Pero no había conseguido quitarme el futuro.
Una parte de lo recuperado la invertí en mi taller. Con otra empecé a ofrecer formación gratuita a jóvenes que necesitaban aprender un oficio.
No lo hice para demostrarle nada a Ernesto.
Lo hice porque sabía cuánto podía cambiar una vida cuando alguien te daba una oportunidad.
Hoy Valeria visita a mi tía Inés con frecuencia. A veces viene acompañada de Iván y los cuatro comemos juntos.
Seguimos conociéndonos.
Hay cosas que todavía nos duelen y preguntas que probablemente nunca tendrán una respuesta satisfactoria.
Ernesto ha intentado comunicarse conmigo algunas veces.
No he aceptado verlo.
Quizá algún día pueda escucharlo sin sentir que vuelvo a aquella carretera.
Quizá nunca.
Pero ya no necesito odiarlo para mantenerme lejos.
He aprendido que perdonar, si algún día decido hacerlo, no significa devolverle a alguien el derecho de lastimarme.
Hace poco puse la fotografía de mi mamá sobre el escritorio de mi taller.
Debajo coloqué una pequeña pieza de madera que fabriqué cuando era adolescente.
Cada mañana, al abrir el negocio, recuerdo a dos personas.
A la mujer que me dio la vida.