—¿Y qué pasa si Vanessa necesita ayuda ese fin de semana?
Gabriel sonrió ligeramente.
—Tendrá que buscar una alternativa.
Me reí.
—¿Y si tu madre se enfada?
—Puede enfadarse. Nosotros seguiremos teniendo nuestros planes.
Lo observé durante unos segundos.
—Estás aprendiendo.
Él tomó mi mano.
—Estoy intentando aprender bien.
No era una frase grandiosa.
No prometía una vida perfecta.
Pero, por primera vez, sentí que no tenía que cargar yo sola con el esfuerzo de mantener nuestra relación.
Y eso significaba mucho.
16. La segunda oportunidad
El fin de semana en la montaña llegó a finales de otoño.
El aire era frío y las hojas cubrían los caminos. Caminamos durante horas, paramos a tomar chocolate caliente en una cafetería pequeña y pasamos una tarde entera leyendo junto a la chimenea del hotel.
En un momento, Gabriel dejó su libro sobre la mesa.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro.
—Cuando te fuiste a la playa, ¿de verdad pensabas divorciarte de mí?
Miré el fuego.
—Sí.
Él bajó la mirada.
—Lo imaginaba.
—No fue una decisión que tomara solamente por lo de Vanessa. Fue por lo que ocurrió antes. Por todas las veces que sentí que mis necesidades eran menos importantes que las de los demás. Por las veces que intenté explicarte que estaba cansada y terminaste diciéndome que exageraba.
Gabriel asintió.
—Lo siento.