—¿Qué ahorros?
Patricia intentó interrumpirlo.
—No te metas, Óscar.
—¿Cómo que no me meta? —respondió él—. ¿Qué dinero te dio tu hermano?
Le mostré las transferencias.
Óscar se quedó inmóvil.
—¿Ochocientos cuarenta y nueve mil quinientos pesos?
—Eso mismo.
—Patricia me dijiste que te habían aprobado un préstamo para ampliar el negocio.
Mi cuñada bajó la cabeza.
De pronto, todo comenzó a tener sentido.
Patricia no solamente había recibido durante meses el dinero de nuestro matrimonio. También había mentido a su propio esposo.
Óscar se llevó las manos a la cabeza.
—Con ese dinero pagaste el anticipo de la camioneta, ¿verdad?
Ella no respondió.
—¡Contéstame!
—¡Sí! —gritó finalmente—. ¡Pero Alejandro me lo dio! ¡Yo no le robé nada!
Sentí ganas de llorar.
No porque el dinero fuera más importante que la salud de mi esposo, sino porque acababa de descubrir hasta dónde había llegado su traición.
Mientras yo cocinaba, limpiaba y sacrificaba mis descansos para ahorrar, él había entregado nuestros planes a su hermana.
Mi propia familia había pospuesto vacaciones, arreglos de la casa y hasta tratamientos médicos para que nosotros pudiéramos construir un futuro.
Y ahora aquel futuro estaba en la cuenta bancaria de Patricia.
Saqué mi teléfono.
—Voy a comunicarme con mi abogada. Ella determinará qué acciones legales podemos tomar.
Mi suegra quiso arrebatarme el aparato.
—¡No vas a denunciar a mi hija!
Me aparté.
—No vuelva a tocarme.
La enfermera que estaba cerca se aproximó al escuchar los gritos y nos pidió mantener la calma.
Gabriela contestó después de varios intentos.
Le expliqué lo ocurrido, las transferencias y las circunstancias médicas de Alejandro.
—Conserva los comprobantes —me indicó—. No aceptes acuerdos verbales. Podemos reclamar judicialmente el dinero que corresponda al patrimonio matrimonial, pero primero necesitamos revisar la situación patrimonial y documentar todo.
Patricia comenzó a llorar.