Por primera vez, su amenaza me pareció una buena noticia.
Al día siguiente acudí con una abogada llamada Gabriela. Le mostré las transferencias, los estados de cuenta y los documentos del departamento que habíamos comprado entre ambos.
Gabriela revisó todo cuidadosamente.
—Primero debemos determinar qué dinero corresponde legalmente a cada uno y documentar los movimientos. No permitas que te intimiden.
Salí de su despacho algo más tranquila.
Pero entonces llamó mi madre.
—Hija, ven rápido. Tu suegra y tu cuñada están aquí, haciendo un escándalo.
Sentí que la sangre me hervía.
Cuando llegué a la casa de mis padres, encontré a doña Teresa llorando delante de varios vecinos.
—¡Mi nuera nos niega hasta un plato de comida!
Patricia fingía consolarla.
Mi padre estaba rojo de indignación.
—Mariana, explícame qué está pasando.
Respiré profundamente y conté la verdad.
Les mostré los registros de gastos y las transferencias.
Mi madre comenzó a llorar.
—¿Todo esto has estado soportando, hija?
Antes de que pudiera responder, sonó el teléfono de mi padre.
Era una llamada del hospital.
Alejandro había sufrido un accidente automovilístico.
Llegamos a urgencias desesperados.
El médico explicó que tenía una lesión cerebral grave. Estaba sedado, necesitaba vigilancia intensiva y todavía no podían establecer qué secuelas tendría.
Mi suegra se desplomó en una silla.
Yo sentí que el mundo desaparecía bajo mis pies.